“Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”. Juan 20:29.

Tomás era uno de los pocos discípulos que amaban sinceramente a Jesús. Muchos le seguían por lo que podían obtener de Él, pero Tomás no, era fiel a su Maestro, al punto de estar dispuesto a dar su vida.

En cierta ocasión, Jesús les dijo a sus discípulos que iba a Judea a ver a Lázaro y todos trataron de convencerlo de que no fuera. Aunque el Señor sabía que en Jerusalén los religiosos querían matarlo, no desistió de hacer el viaje. Entonces Tomás, al saber esto, dijo: “Vamos también nosotros para que muramos con él”. (Juan 11:16). Podría haberse quedado y no correr riesgos, pero si el Maestro iba a morir allí, entonces él también.

Cuando Jesús se presentó resucitado a sus seguidores, Tomás estaba en otro lado. Eso era una desventaja. Estoy seguro que si algún otro discípulo no hubiera estado allí, habría dicho lo mismo que Tomás: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. (Juan 20:25). No juzguemos tan rápido a Tomás… Jesús les reprochó su incredulidad a todos: “Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado”. (Marcos 16:14).

El amor del Señor es tan grande que volvió exclusivamente por su oveja dudosa. Jesús se les aparece nuevamente y se dirige a Tomás: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. ¡Jesús satisface la necesidad de evidencias con tanta paciencia que es admirable!

Tomás no podía abandonar a Jesús porque sabía quién era, lo había experimentado como el Hijo de Dios. ¡Pero esto de resucitar… era demasiado! Hasta que tocó las cicatrices de Jesús… e inmediatamente sus dudas se fueron y se expresó como un verdadero discípulo: “¡Señor mío, y Dios mío!” (v.28).

A menudo nos atrapa el síndrome de Tomás. No renegamos de Jesús, pero necesitamos verlo en acción para creer. Sin embargo, para el Señor  son bienaventurados, ¡muy felices!, los que sin ver creen. Si Tomás hubiera creído apenas escuchó que el Señor había resucitado, se habría ahorrado mucha angustia y preocupación. Había experimentado el gozo de saber que su Maestro había cumplido lo que había prometido.

Empieza tu día proclamando: “¡Señor mío, y Dios mío!”, y vive como bienaventurado antes de que suceda el milagro. Y cuando suceda, no tendrás una simple sensación de alivio, sino un gozo desbordante por verlo obrar en tu necesidad.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
Iglesia Cristiana Renacer en Lynn, MA

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