«Bendito Dios y padre bueno, hoy vengo a ti, postrado, dispuesto a ser transformado, porque reconozco que mi corazón necesita mucho más de ti. Señor, aquí está mi corazón, hecho pedazos, muy sucio y dañado, reconociendo que necesita del toque del alfarero, pues solo tú puedes restaurarlo, limpiarlo y hacer de él algo nuevo y maravillosos. Por eso, hoy mi Dios estoy ante ti anhelando un toque de tu amor, un toque del maestro que sé que puede hacer un gran milagro en mí, Amén.»