“Como ellos seguían exigiéndole una respuesta, él se incorporó nuevamente y les dijo: Muy bien, pero el que nunca haya pecado que tire la primera piedra.” Juan 8:7 (NTV).

Un grupo de religiosos que buscaba un motivo para acusar a Jesús y matarle, traen ante Él a una mujer sorprendida en adulterio. La ley de Moisés decía que había que apedrearla; entonces le preguntan a Jesús: “¿Tú qué dices?” Si la justificaba, lo hallarían culpable de infringir la ley, pero si la condenaba no estaría mostrando misericordia. Estoy seguro que los religiosos esperaban sentenciar al Señor allí mismo, con sus piedras en la mano apuntándole más a Él que a la mujer. Sin embargo, Jesús los sorprende al decirles: “El que de vosotros esté sin pecado puede arrojar la primera piedra”. En silencio, se fueron retirando uno a uno.

Jesús experimentó en carne propia la condenación. Lo condenaron por no guardar el sábado, por manifestar que era el Hijo de Dios, por decir que era preexistente a Abraham, por denunciar a los hipócritas, por hacer el bien y estar en contra del status quo religioso. Así que Jesús sabe lo que se siente cuando eres acusado verbalmente y condenado en el corazón. Claro, la gran diferencia está en que Jesús nunca pecó.

Pero Jesús no vino a acusar al pecador, sino a salvarlo. “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” (Juan 3:17). Cuando todos los religiosos dejaron caer las piedras y se marcharon, solo quedaron la mujer y el Maestro. Ya no quedaba nadie que quisiera condenarla. Entonces el Señor se acerca y le dice: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” (V.11).

La ley condena, Jesús salva. La ley es como un termómetro que solo sirve para “medir la fiebre”; pero solo el Señor puede curarnos. Cuando nos acercamos a Él y manifestamos verdadero arrepentimiento, perdona todos nuestros pecados y nos asegura que ya no pesa sobre nosotros ninguna condenación. “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Romanos 8:34).

Jesús te ha hecho libre de culpa y cargo. ¡Eres libre por su sacrificio! No dejes que pensamientos condenatorios o acusaciones de los demás te hagan retroceder. Tu fe en Cristo te ha salvado.

“Por lo tanto, ya que fuimos declarados justos a los ojos de Dios por medio de la fe, tenemos paz con Dios gracias a lo que Jesucristo nuestro Señor hizo por nosotros. Debido a nuestra fe, Cristo nos hizo entrar en este lugar de privilegio inmerecido en el cual ahora permanecemos, y esperamos con confianza y alegría participar de la gloria de Dios.” Romanos 5:1-2.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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