“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” Efesios 6:18.

A través de este versículo Pablo nos exhorta a orar por los “santos”, es decir, por los hermanos en la fe que pueden estar pasando momentos muy difíciles. El apóstol dice que debemos hacer “súplicas” por ellos. Esta palabra en griego es déesis que significa “petición, rogativa, clamor a favor de otros”. Cuando llegamos a sentir como propias las necesidades de nuestros hermanos, no podemos dejar de orar hasta que el Señor responda.

A veces nos sabemos cómo pedir, pero el Espíritu Santo lo hará a través de nosotros. “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.” (Romanos 8:26). ¡Qué tremenda ayuda! No estamos orando solos.

La oración intercesora nos ayuda a pensar menos en nosotros y a enfocarnos más en los demás, de esa manera podemos tener el mismo sentir de Cristo. “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”. (Filipenses 2:4-5).

Corrie ten Boom, escritora y predicadora del siglo XIX, dijo en una oportunidad: «Nunca sabemos cómo Dios responderá nuestras oraciones, pero podemos esperar que Él nos involucre en su plan para la respuesta. Si somos verdaderos intercesores, debemos estar listos a participar en la obra de Dios en favor de las personas por quienes oramos».

Un día estaremos todos delante del trono celestial y sabremos exactamente la diferencia que hizo la oración unida y perseverante. ¡No dejes de interceder!

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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