«Santo Dios poderoso, bueno y misericordioso, que amas la justicia y odias la iniquidad, en este momento en que mi día ha llegado a su fin, me humillo ante tu santa y divina presencia y te pido que perdones mis iniquidades, mis pecados y mis rebeliones, porque sé que incluso te fallo sin ser plenamente consciente de ello. Límpiame con la santa sangre de Jesucristo mi salvador y hazme puro y santo para agradarte. En esta hora en que me dispongo a dormir, lléname de tu santa paz y permíteme descansar tranquilamente, en el Nombre de Jesús, amén.»

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