“Varones hermanos y padres, oíd: El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela, y ven a la tierra que yo te mostraré”. Hechos 7:2-3.

¿Qué anhelamos, la gloria de Dios o al Dios de la gloria? Esteban lo tenía muy claro. Cuando hace referencia a nuestro Señor, él lo llama “el Dios de la gloria”.

Israel fue impactado, movido, sostenido y maravillado por la gloria de Dios. La habían visto manifestada desde que salieron de Egipto a través de acciones sobrenaturales. Las diez plagas marcaron la diferencia entre ellos y los paganos. Vieron el mar Rojo abrirse de manera poderosa, lo mismo que el Jordán, para entrar a la tierra prometida. Caminaron por cuarenta años bajo una nube de gloria que les servía de sombra de día y fuego de noche. Fueron testigos de su manifestación en el tabernáculo y luego en el Templo. Ningún israelita quedó indiferente ante la manifestación de la gloria de Dios.

Incluso el apóstol Pablo hace alusión de esa gloria al mencionar los privilegios que había recibido Israel y aun así le desobedecían y rechazaban permanentemente. “Ellos son el pueblo de Israel, de ellos son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas.” (Romanos 9:4). Estaban tan enfocados en la gloria de Dios que olvidaron al Dios de la gloria.

Pero Esteban era diferente. Había conocido a Dios a través de Jesucristo. Relacionarse diariamente con Él hizo que su gloria sea simplemente una consecuencia, un reflejo de esa relación profunda. Esto fue tan evidente que cuando Esteban comenzó a hablar a los miembros del concilio, todos “vieron su rostro como el rostro de un ángel.” (Hechos 6:15). Al terminar su discurso: “Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (v. 55). Allí estaba Jesús, esperándolo con los brazos abiertos mientras lo apedreaban. ¡Dios lo recibió en su misma gloria!

Y nosotros, ¿anhelamos solo ver su gloria de vez en cuando, o nuestra pasión es conocer a Cristo? ¿Nos conformamos con los milagros de Dios o anhelamos ver al Dios de los milagros? ¿Buscamos las añadiduras del Reino de Dios y su justicia, o queremos encuentros diarios con el Rey de los cielos? Es cuestión de prioridades.

Hoy podemos cambiar nuestra perspectiva y enfocarnos verdaderamente en la persona de Jesucristo para construir una relación más profunda con Él. Que podamos decir como el apóstol Pablo: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”. (Filipenses 3:8).

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
Iglesia Cristiana Renacer en Lynn, MA

 

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