“¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel?… Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión”. Oseas 11:8.

Durante el ministerio del profeta Oseas, la nación de Israel estaba apartada de Dios, volcada a la idolatría y dirigida por líderes corruptos. Si pudiéramos resumir en una palabra la condición del corazón del pueblo sería rebeldía. Sin embargo, ni siquiera en ese estado Dios dejó de amar a su pueblo.

Cada vez que leo el capítulo 11 de Oseas me impacta la descripción que Dios hace de su amor incondicional. Él se coloca en su posición de Padre y dice: “Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí” (v. 2). A pesar de su incipiente rebeldía, “le enseñaba a andar… tomándole de los brazos; y no conoció que yo le cuidaba” (v. 3). Cuando tenían hambre, “puse delante de ellos la comida” (v. 4). Sin embargo, una y otra vez sus hijos le daban la espalda. ¿Qué más hacer con un pueblo que parecía no tener remedio?

Pero Dios nunca se da por vencido. Él usa la expresión “se inflama toda mi compasión” para que podamos entender lo que impulsa su amor. La palabra hebrea para “inflamar” es kamár que significa “estar profundamente afectado por la pasión, conmoverse”. Cuando su pueblo se apartaba de Él, su compasión no le permitía quedarse quieto mientras veía cómo sufría por sus malas decisiones. A pesar de todo, siempre actuó a favor de su pueblo. ¡Qué inmenso amor!

El amor del Padre Celestial es eterno, infinito e inalterable. Dios sigue amando con la misma pasión y actuando con la misma compasión a pesar de nuestra rebeldía y rechazo. Él nos sigue llamando porque quiere relacionarse con nosotros cada día. Sigue proveyendo para nuestras necesidades, nos sigue consolando en momentos difíciles, nos tiende su mano bondadosa cuando caemos y nos toma entre sus brazos ofreciéndonos su tierno cuidado.

¿Cómo es posible estar indiferentes a ese amor? Como verdaderos hijos de Dios debemos corresponderle dándole gracias, alabándole, adorándole y profundizando nuestra relación con Él.

Que podamos decir como el apóstol Pablo: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor”. Romanos 8:38-39.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
Iglesia Cristiana Renacer en Lynn, MA

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