“Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana…” Levítico 6:12.

La inauguración del tabernáculo fue una celebración maravillosa. Todo estaba en orden. Los utensilios relucían, los sacerdotes estrenaban vestiduras, el sumo sacerdote con el efod de oro y sus piedras preciosas. El holocausto estaba listo… solo faltaba el fuego. Hasta que Dios irrumpió con su presencia y poder y cayó fuego del cielo sobre el altar. “Y salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros.” (Levítico 9:24).

El altar del holocausto tenía el fuego de Dios, pero a partir de ese momento el pueblo tenía como ley ineludible mantenerlo encendido continuamente. No importaba en qué lugar del desierto se encontrara el tabernáculo, los sacerdotes debían mantener el fuego encendido.

Dios les dijo que debían reponer la leña cada mañana. No era al mediodía, ni a la tarde ni a la noche. Lo primero que debían hacer al comenzar el día era añadir leña al fuego, después podían seguir con el resto de sus obligaciones.

Gracias al sacrificio perfecto de Cristo en la cruz ya no debemos presentar más sacrificios de animales. Todo eso fue temporal. Incluso el fuego de ese altar un día se extinguió, pero nunca dejó de arder el fuego santo de Dios. Todavía envía su fuego a quienes se rinden a Él.

En Lucas 3:16 leemos: “Respondió Juan (el Bautista), diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. El Hijo de Dios enviaría el Espíritu Santo simbolizado con el fuego. Fue muy evidente el día de su cumplimiento: “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.” (Hechos 2:3). A partir de ese momento, la Iglesia de Cristo recibió el poder del Espíritu Santo para cumplir con la misión que se le encomendó.

Si has recibido a Cristo como Salvador y Señor de tu vida, el Espíritu Santo ha venido a morar en ti, pero su fuego debe ser avivado cada día.

¿Cómo está tu fuego? ¿Arde con intensidad o solo es una pequeña llama que se está extinguiendo? ¡Aviva el fuego del Espíritu en tu vida! Incluso si parece que solo quedan cenizas, ¡Dios lo puede volver a encender!

¡Comienza cada día poniendo leña a tu corazón para mantener vivo el fuego de Dios!

Cortesía Pastor Pablo Giovanini Iglesia Cristiana Renacer Lynn