«Bendito Dios poderoso, te doy gracias por tu amor para conmigo, porque gracias a tu sangre derramada en el madero, me has traído vida y salvación. Sin embargo, no te quedaste en el madero, sino que resucitaste al tercer día, triunfando sobre la muerte y por eso, hoy me rindo a ti reconociendo tu grandeza y pidiéndote, que me laves en tu sangre y borres todos mis pecados y transgresiones. En esta hora, clamo a ti reconociéndote como el único que puede liberar y limpiar mi alma de todo pecado. Lléname de tu presencia y hazme ser la persona que tú quieres que sea, amén.»

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