“Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.” 1 Corintios 9:25

El apóstol Pablo, al referirse a la lucha, está pensando en el combate greco-romana, en donde solo triunfaban los que procedían bajo las condiciones establecidas. Para participar de la competencia, se debía entrenar fuerte y dejar de lado todo aquello que afectaba la agilidad, rapidez y fortaleza. Para hacer más clara esta idea, Pablo usa la palabra griega “abstenerse”, enkrateúomai, que significa “ejercer dominio propio, ser fuerte, bien controlado, dueño de sí mismo”.

De la misma manera, para alcanzar la meta en la vida cristiana y recibir la corona, debemos abstenernos de todo aquello que nos impida correr la carrera con eficacia.

Debemos abstenerse de todo lo que perjudique nuestro espíritu. Cuando recibimos a Cristo como Salvador, el Espíritu Santo ha venido a morar a nuestro espíritu, dándonos una nueva dirección. Hemos abandonado el pecado para andar en santidad. Indudablemente, cada día debemos alimentarnos espiritualmente para poder hacer frente a las tentaciones y ataques del diablo.

Es necesario abstenerse de todo lo que perjudique nuestra alma. Nuestras emociones y sentimientos deben mantenerse estables, nuestra conciencia limpia y sensible, y nuestra manera de pensar renovada. Diariamente estamos siendo bombardeados por cosas que intentan quitar nuestra mirada de Jesús y ponerla en cosas superficiales.

También hay que cuidar nuestro cuerpo, porque es el templo del Espíritu Santo. Las adicciones de cualquier tipo nos destruyen y alejan de Dios. Debemos cuidarnos para vivir saludables el tiempo que Dios haya determinado para nosotros.

Cualquier cosa que nos haga daño, definitivamente debemos rechazarla. El apóstol fue bien claro al decir: “Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:22). Debemos asegurarnos de no darle lugar al enemigo evitando situaciones de tentación y concentrándonos en obedecer a Dios.

La petición final de Pablo es que todo hijo de Dios sea completamente santificado, espíritu, alma y cuerpo rendidos a la voluntad de Dios. “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” (v. 23).

Cortesí­a Pastor Pablo Giovanini
Iglesia Cristiana Renacer en Lynn, MA

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