“Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” Salmo 18:2.

Hay una montaña en el desierto de Judea llamada Masada. El rey Herodes mandó construir una fortaleza en la cima para protegerse de los ataques enemigos. En ese lugar podían refugiarse hasta diez mil soldados. Al parecer, David estaba haciendo alusión a esta montaña al decir que Jehová era su “fortaleza”. Según el subtítulo de este Salmo, David lo escribió el día que Dios lo libró de Saúl y sus enemigos.

Nosotros también necesitamos recordar la grandeza y protección de Dios hacia nuestras vidas. Hay momentos en que solo vemos la arena del desierto, sin refugios, sin oasis, sin lugares de descanso. Pero si alzamos la mirada hacia los cielos, veremos a Dios como una montaña protectora en medio de cualquier dificultad.

Observe que después de describir a Dios como su Fortaleza, David dice: “En Él confiaré”. Además de reconocer a Dios como nuestro refugio, necesitamos ¡confiar en Él! Nuestra confianza debe ser práctica, eso significa que no debemos dudar de su cuidado mientras esperamos que obre en cualquiera de nuestras necesidades.

¿Alguien pondría en duda la firmeza de Masada y su permanencia a través de los siglos? Absolutamente no. Allí estará hasta el fin del mundo. Así es Dios con nosotros. Siempre estará para protegernos y guardarnos hasta la eternidad.

Pon tu confianza en Cristo, la Roca de los siglos, y descansa en su protección. Que Dios sea tu refugio no solo en los momentos de necesidad, sino el lugar de tu descanso diario. “Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente. Tú has dado mandamiento para salvarme, porque tú eres mi roca y mi fortaleza.” (Salmo 71:3).

Cortesí­a Pastor Pablo Giovanini
Iglesia Cristiana Renacer en Lynn, MA

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