“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.” Salmo 126:5.

Los tiempos de alegría muchas veces son precedidos por épocas de lágrimas. El salmista lo sabía muy bien y en este salmo expresa lo que sintió el pueblo de Dios al salir de la cautividad babilónica. Habían perdido seres queridos, tierras, casas, y hasta su misma dignidad, pero Dios les había prometido restauración y su promesa se cumplió. Israel pudo ver la misericordia de Dios no solo en esa época, sino a lo largo de toda su historia.

Las lágrimas derramadas en la presencia de Dios son como semillas que a su tiempo producirán fruto. Jesús dijo que son “bienaventurados los que lloran”, los que reconocen su necesidad espiritual y ponen su vida en las manos de Dios. “Ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4).

Muchas de nuestras lágrimas brotan en tiempos de intercesión por nuestros hijos. Cuando vemos que no toman buenas decisiones, que su fe se tambalea, que escuchan más a sus amigos que no conocen al Señor que al consejo de la Palabra de Dios, que atraviesan situaciones difíciles. Nuestro corazón, como dice Jeremías, parece derramarse como agua. (Lamentaciones 2:19).

Otras lágrimas son producto de la frustración que sentimos al ver desaprovechadas las oportunidades que Dios les da a nuestros seres queridos para acercarse a Él. O también por la tristeza que nos produce ver un mundo hundido en toda clase de pecados, que ignora o se burla de Dios.

Aunque haya momentos en que te sientas desalentado, recuerda que las lágrimas derramadas en la presencia de Dios producirán fruto. No te impacientes, el Señor está obrando. Ningún suspiro, ninguna lágrima, ninguna oración será pasada por alto.

La respuesta llegará, la promesa se cumplirá. “¡Con regocijo segarán!”. El tiempo de gozo por la respuesta a la oración está cerca. Sigue confiando, Dios siempre cumple sus promesas.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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