“Y tomó Ezequías las cartas de mano de los embajadores, y las leyó; y subió a la casa de Jehová, y las extendió delante de Jehová.” Isaías 37:14.

En el momento en que el rey Ezequías estaba en la cúspide de su consagración y fidelidad a Dios vino el peor ataque del enemigo. Los asirios rodearon a Jerusalén con el fin de destruirla y llevarse cautivos a todos los judíos. ¿Justo ahora? ¿Cuándo todo parecía ir en la dirección correcta? ¿Será un castigo por haber hecho algo malo? No, nada de eso. El Señor permitió esa situación para glorificarse y mostrar su poder.

El delegado del rey Senaquerib intimidó al pueblo con sus gritos y amenazas, y lo peor que pudo haber hecho fue insultar a Jehová. A partir de ahí, debemos saber que cavó su propia tumba. ¿Insultar a Dios? ¿A Dios?

Además, este invasor le envió cartas al rey con las mismas amenazas, insultos y prepotencia. Entonces Ezequías tomó la mejor decisión: ir a la casa de Dios, extender las cartas delante de Él y hacer una oración simple pero profunda, llena de fe y esperanza. Por favor, lee los versículos 15 al 20. Este es el resumen:

– Altísimo, solo tú eres Dios y Señor de todo, porque eres el Creador. V. 16.

– Por favor escucha esta oración, mira estas amenazas porque te están insultado a ti. V. 17.

– No cierro los ojos a la realidad de lo que ha hecho esta persona. V. 18.

– Este enemigo mortal no te adora ni te sirve a ti. V. 19.

– Líbrame Señor para que todos sepan que tú eres mi Dios. V. 20.

¿Quieres saber el resultado de esa oración? Te hago un spoiler: “Y salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos.” (v. 36). Wow… Ni Ezequías ni el ejército de Israel tuvo que hacer nada. Un ángel de Dios destruyó por completo al ejército asirio de 185.000 personas.

Tú y yo tenemos al mismo Dios Todopoderoso, que actúa a favor de sus hijos. Hoy, por la propiciación lograda por Cristo, actúa con misericordia, pero llegará el día del juicio (espero que estés viendo los estudios de Apocalipsis) y todo aquel que haya insultado a Dios recibirá su merecido.

¿Estás siendo presionado, amenazado o intimidado por ser hijo de Dios? No es tuya la batalla, sino de Dios. Como Ezequías, debes presentarle al Señor “las cartas” intimidantes, clamar por su intervención y esperar su salvación. ¡Él siempre acude a ayudar a sus hijos!

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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