El hombre de la mano seca

Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos. 10 Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y preguntaron a Jesús, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en el día de reposo? 11 Él les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si esta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante? 12 Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo. 13 Entonces dijo a aquel hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra. 14 Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para destruirle.

El siervo escogido

15 Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí; y le siguió mucha gente, y sanaba a todos, 16 y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen; 17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:

18 He aquí mi siervo, a quien he escogido;

Mi Amado, en quien se agrada mi alma;

Pondré mi Espíritu sobre él,

Y a los gentiles anunciará juicio.

19 No contenderá, ni voceará,

Ni nadie oirá en las calles su voz.

20 La caña cascada no quebrará,

Y el pábilo que humea no apagará,

Hasta que saque a victoria el juicio.

21 Y en su nombre esperarán los gentiles.

Reflexión: El Siervo Escogido (Mateo 12:15-21)

Jesús no vino con gritos ni con espectáculo. No buscó la atención de las multitudes por orgullo, sino que servía en silencio, con compasión y poder. Este pasaje cumple una profecía de Isaías que nos revela el corazón de Cristo: es el Siervo escogido por Dios, amado, lleno del Espíritu, y enviado a traer justicia… pero no con violencia, sino con mansedumbre.

Qué hermoso saber que Él no quebrará la caña que ya está débil ni apagará el pábilo que apenas humea. Si estás roto, herido o sientes que apenas te queda fe, Jesús no te desecha. Te levanta, te sana y te restaura hasta darte victoria.

En un mundo ruidoso y exigente, Cristo sigue siendo ese Siervo tierno y fiel que obra en silencio y toca corazones con amor verdadero. En Él podemos poner nuestra esperanza.

¡Dios te bendiga!