El tesoro escondido

44 Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.

La perla de gran precio

45 También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, 46 que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.

La red

47 Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; 48 y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. 49 Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, 50 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Tesoros nuevos y viejos

51 Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor. 52 Él les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.

Jesús en Nazaret

53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. 54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene este esta sabiduría y estos milagros? 55 ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? 56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene este todas estas cosas? 57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa. 58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.

✨ Reflexión: El rechazo en casa (Mateo 13:53–58)

Después de enseñar con sabiduría y contar profundas parábolas, Jesús regresó a su tierra. Pero en lugar de honrarlo, muchos se escandalizaron. Lo vieron como “el hijo del carpintero”, el muchacho del vecindario, sin reconocer que ante ellos estaba el Hijo de Dios.

A veces, lo más difícil no es predicar a desconocidos, sino vivir la fe en medio de los que te conocen desde siempre. La familiaridad puede nublar la fe de quienes no quieren aceptar que Dios puede usar a alguien común para algo extraordinario.

Jesús no hizo muchos milagros allí, no por falta de poder, sino por la incredulidad de la gente. La fe abre puertas, pero la incredulidad las cierra.

Hoy, que no seamos como los de Nazaret. Que nuestro corazón no juzgue, sino que reconozca y crea. Porque Jesús sigue obrando… donde hay fe.

¡Dios te bendiga!