A donde yo voy, vosotros no podéis venir

21 Otra vez les dijo Jesús: Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir. 22 Decían entonces los judíos: ¿Acaso se matará a sí mismo, que dice: A donde yo voy, vosotros no podéis venir? 23 Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. 24 Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis. 25 Entonces le dijeron: ¿Tú quién eres? Entonces Jesús les dijo: Lo que desde el principio os he dicho. 26 Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo. 27 Pero no entendieron que les hablaba del Padre. 28 Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. 29 Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada. 30 Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.

Reflexión: “Si no creéis que yo soy” (Juan 8:21-30)

Jesús habla con claridad sobre su origen y su destino. Les dice que Él viene de arriba y que no pertenece a este mundo como ellos lo conocen. Sus palabras revelan una verdad profunda: la diferencia entre una vida que permanece en el pecado y una vida que se abre a la fe en el Hijo de Dios.

Cristo advierte que quien no cree en Él permanece en sus pecados. No es una advertencia de condena fría, sino un llamado urgente a reconocer quién es realmente Jesús. Él no habla por su propia cuenta, sino que transmite lo que el Padre le ha enseñado y vive en completa obediencia a su voluntad.

También anuncia que llegará el momento en que el Hijo del Hombre será levantado, señalando el sacrificio que vendría. Entonces muchos comprenderían la verdad de su identidad y de su misión.

Este pasaje nos recuerda que creer en Jesús transforma nuestra vida. Cuando confiamos en Él, dejamos atrás la oscuridad del pecado y comenzamos a caminar en una relación viva con Dios. La fe abre nuestro corazón para reconocer que Cristo es el enviado del Padre y la fuente de vida verdadera.

¡Dios te bendiga!

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