Sois de vuestro padre el diablo

39 Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. 40 Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. 41 Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. 42 Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. 43 ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. 44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. 45 Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. 46 ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? 47 El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios.

Reflexión: “El que es de Dios, las palabras de Dios oye” (Juan 8:39-47)

Jesús confronta con firmeza a quienes decían ser hijos de Abraham, mostrando que no basta con una identidad externa, sino que lo que realmente revela el corazón son las acciones. Les dice que, si verdaderamente fueran hijos de Abraham, vivirían conforme a la verdad y no buscarían rechazarla.

Cristo deja claro que hay una diferencia entre decir pertenecer a Dios y realmente escuchar su voz. Quien es de Dios reconoce su palabra, la recibe y permite que transforme su vida. En cambio, el rechazo a la verdad muestra un corazón que no está alineado con Él.

Jesús también revela que la mentira y el engaño no provienen de Dios. Él es la verdad, y todo lo que viene de Él conduce a la vida. Por eso, aceptar su palabra es abrir el corazón a la luz, mientras que rechazarla mantiene a la persona en la oscuridad.

Este pasaje nos invita a examinarnos con sinceridad. No se trata solo de lo que decimos creer, sino de si realmente escuchamos a Dios y vivimos conforme a su verdad cada día.

¡Dios te bendiga!

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