Jesús llora ante la tumba de Lázaro

28 Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama. 29 Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. 30 Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. 31 Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí. 32 María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. 33 Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, 34 y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. 35 Jesús lloró. 36 Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. 37 Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?

Reflexión: “Jesús lloró” (Juan 11:28-37)

María llega a Jesús con el corazón quebrado, repitiendo las mismas palabras de su hermana: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. El dolor es real, la tristeza es profunda, y quienes la rodean también lloran.

En medio de ese momento, sucede algo que revela el corazón de Jesús: Él se conmueve y llora. Aun sabiendo lo que iba a hacer, aun teniendo el poder para cambiar la situación, Jesús no ignora el dolor humano. Se acerca, siente y comparte el sufrimiento.

Este pasaje nos muestra que Dios no es indiferente a nuestras lágrimas. Jesús no solo tiene poder para transformar situaciones, también tiene un corazón sensible que acompaña en medio del dolor.

A veces pensamos que debemos ser fuertes o esconder lo que sentimos, pero Jesús nos enseña que el dolor también puede ser llevado a su presencia. Él está cerca, ve nuestras lágrimas y camina con nosotros en esos momentos.

¡Dios te bendiga!

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