“Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza.” Jeremías 17:14.

El maltrato que sufrió Jeremías fue terrible. Acusado falsamente, golpeado, echado en una cisterna con el propósito de matarlo, puesto en la cárcel, aborrecido por sus parientes y compatriotas. Sus mayores quejas no fueron por los daños que recibió externamente, sino más bien internamente. El dolor que produce el ser defraudados, traicionados, engañados, acusados y olvidados puede ser más intenso que el dolor físico. Este era el caso de Jeremías; por eso su corazón necesitaba sanidad.

Proverbios 12:18 dice: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada”. De manera intencional, hay personas que hablan con el propósito de causar daño, sienten placer lastimando a otros con palabras destructivas. Abren heridas que apagan el gozo y matan la esperanza.

Hay otras personas que tienen el corazón lleno de amargura, desilusiones, enojos, que piensan que todos los seres humanos son iguales y transfieren su resentimiento a todo el que se le cruza. Romanos 3:13-14 dice: “Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios. Su boca está llena de maldición y de amargura”.

Si hemos sido blanco de este tipo de personas, existe la posibilidad que hayamos dejado entrar algo de veneno en nuestro corazón y lo dañara. Si es así, debemos correr a la presencia del Señor como hizo Jeremías y pedirle que sane nuestro corazón. Sus palabras son medicina.

Dios nos quiere dar un corazón sano para que podamos decir como Jeremías: “porque tú eres mi alabanza”. Que de nuestros labios ya no salga más queja, enojo, dolor, sino alabanzas al Señor por lo que está haciendo dentro de nosotros.

No creas más las mentiras del enemigo. Ya no permitas que tus pensamientos y decisiones estén condicionados por lo que dicen los demás. Tienes una nueva vida en Cristo. Deja que Dios sea tu abogado y tu Juez. Escucha sus palabras: “Porque a mis ojos eres de gran estima, eres honorable y yo te he amado” (Isaías 43:4a). Esta es la verdad.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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