“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Mateo 5:8.

Hay un requisito indispensable para ver a Dios, ya sea verlo con nuestros ojos espirituales o con los físicos en la eternidad, debemos tener el corazón limpio.

Si hoy alguien nos preguntara si tenemos el corazón limpio, es probable que sin perder un segundo respondamos “¡por supuesto!” o “¡claro, yo soy cristiano!”, sin embargo, al poco tiempo, nuestra conciencia nos empieza a molestar. Hummm… algo no está bien. Bueno, limpio limpio…

¿Alcanza con haber recibido a Cristo en nuestro corazón para decir que siempre tendremos el corazón limpio? ¡Ojalá fuera así! Pero la realidad es que Satanás nos tienta diariamente, y a veces dejamos que algunos de sus dardos de fuego penetren nuestro corazón. Entonces se desvanece el gozo y la paz y solo queremos escondernos de Dios como Adán y Eva.

Pero no tenemos que vivir así. Si vamos al Señor y nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados, Él nos perdona y nos limpia. David lo expresó de esta manera en el Salmo 51:1, 2, 4, 10-12: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado… Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación…”.

Ahora sí, con el corazón limpio, podemos ser “bienaventurados”. Esta palabra (makarios en griego) denota a alguien muy feliz, muy bendecido. Expresa regocijo y satisfacción especial, concedidos a la persona que ha experimentado el perdón de Cristo y su salvación.

Gracias Jesús por limpiar mi corazón aplicando el único “quitamanchas” que lo hace posible, ¡tú preciosa sangre!

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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