“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” Mateo 3:11.

Cuando estaba en la secundaria tuve que estudiar las declaraciones físicas y matemáticas de Pascal sin saber que era un hombre que tuvo una experiencia con Dios. De haberlo sabido, me hubiera ayudado a defender mucho más el evangelio ante mis compañeros y profesores.

Blas Pascal fue uno de los grandes matemáticos del siglo XVII. Desde su adolescencia comenzó a escribir libros avanzados de álgebra que dejaba impresionados a sus maestros, además de ser un gran pensador y filósofo. Pascal presentó una discusión sobre la creencia en Dios, lo que originó la famosa “Apuesta de Pascal”, un razonamiento basado en la probabilidad, y que lleva una invitación a creer: “Si Dios no existe, uno no pierde nada al creer en él, mientras que si existe, uno pierde todo por no creer”. En cierta ocasión, este genio dijo abiertamente: “¡Dios existe! No es solo una probabilidad matemática, sino una vivencia que hace feliz a quien la tiene.”

Un 23 de noviembre de 1654 tuvo una experiencia con el Señor que cambió su vida para siempre y la registró en un papel. Llevaba ese papel a dondequiera que iba, incluso ¡lo tenía cosido a su abrigo!  El día de su conversión tuvo una visión de la gloria de Dios y lo escribió en esa pequeña nota. Estas fueron sus palabras: “Fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de filósofos ni de eruditos”, y terminaba con el versículo del Salmo 119:16: “Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras”. Dicen que Pascal había pasado dos horas en la presencia de Dios con esa visión. Lo que más lo marcó fue… el fuego de Dios.

Necesitamos accionar nuestra fe hasta que tengamos reales experiencias con Dios. Esto es posible a través del Espíritu Santo. Cuando Juan el Bautista comenzó su ministerio, dijo claramente a sus seguidores acerca del Mesías: “…él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mateo 3:11).

Necesitamos experimentar ese fuego santo, que consume nuestro egoísmo, superficialidad, vanidad, deseos carnales, y que al fin nos santifica, nos transforma, nos purifica para que cada día nos parezcamos más a Jesucristo.

Comienza tu día buscando el fuego de Dios. Permítele al Espíritu Santo que te envuelva y tome el control de todo tu ser. Tu vida no será igual después de experimentarlo.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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