“Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” Mateo 17:4-5.

¡Que tremenda experiencia tuvieron Pedro, Jacobo y Juan cuando vieron la gloria de Dios en Cristo! Su cuerpo se iluminó, aun sus vestidos se volvieron resplandecientes, y en ese momento aparecen a su lado Moisés y Elías. Pedro quedó en shock que solo atinó a decir: “Hagamos tres enramadas… no nos vayamos de aquí”. El Padre tuvo que corregir esa declaración diciéndole que solo debía escuchar a Su Hijo amado.

No todos experimentaron en plenitud la gloria de Cristo. De sus doce discípulos, solo el 25% fueron testigos directos mientras Jesús estuvo en la tierra. Los que más cerca querían estar de Él, los amigos incondicionales, los “pegajosos”, los que nunca querían perderse nada. Fíjense que los otros nueve nunca se quejaron de no haberlo experimentado, o que Jesús había hecho diferencia con ellos. Jesús siempre daba más al que le buscaba más, pero nunca hizo acepción de personas. Todo el que se acerca a Cristo recibe de Él hasta donde lo busque.

Los que diariamente tienen un encuentro con Cristo obedecen al mandamiento del Padre: “A Él oíd”. Ya no es oír a Moisés con la vieja Ley que nadie pudo cumplir; ahora Cristo es el único Camino para salvarnos. Ya no es Elías, el profeta del fuego consumidor; ahora Jesús trae el fuego del Espíritu; ahora hay salvación. Jesucristo cambia la situación, nos libra de condenación y culpa a los que creemos en Él.

Podemos imaginar hoy a Jesús en su humanidad desde la perspectiva de los Evangelios, pero pocos lo pueden ver en su gloria celestial. Juan lo pudo ver y experimentar en todo su esplendor en la isla de Patmos. Su visión nos cambia la perspectiva de Cristo. A partir de allí lo vemos rodeado de gloria y poder. Observe la descripción de Juan: “…uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies.” (Apocalipsis 1:13-17).

¡Que glorioso es nuestro Salvador! ¡Que maravilloso resplandor que le rodea! ¡Que poder y autoridad eternos controla nuestro Señor! Nadie puede asemejarse a Él en lo más mínimo. Cuando estemos a su lado, solo podremos exclamar alabanza y adoración por la eternidad. Nuestro agradecimiento será constante y disfrutaremos su gloria por siempre. ¿Estas comenzando a experimentar su gloria cada mañana en tu habitación, en tu lugar de devocional, en los tiempos en donde estás con él en íntima comunión? Recuerda lo que dijo el Padre: “A Él oíd”.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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