“Me dijo el rey: ¿Qué cosa pides? Entonces oré al Dios de los cielos… Y me lo concedió el rey, según la benéfica mano de mi Dios sobre mí.” Nehemías 2:4,8b.

Nehemías vivía lejos del hogar de sus antepasados. Desde Susa, la capital del imperio de Artajerjes, le llegó la noticia de que Jerusalén estaba destruida, sin puertas, sin muros, y que los enemigos entraban y salían sin problemas. Al escuchar esto se le partió el corazón y supo que debía movilizarse para restaurar la tierra de sus antepasados.

La tarea que Nehemías tenía por delante era enorme, y se atrevió a hablar con el rey sobre esta situación. Entonces el gobernante le preguntó qué necesitaba, pero antes de responderle oró. Finalmente el rey le concedió todo lo que le pidió porque la mano benéfica de Dios estaba sobre Nehemías. La palabra “benéfica” en hebreo es tob que significa “que hace el bien, que da cosas buenas, en abundancia; agradable, que da bienestar, prosperidad”.

El Señor es bueno y su mano se mueve de acuerdo con su corazón. Si no estás convencido, vuelve a leer la definición de tob y aplícala a tu vida.

La mano de Dios es la extensión de su carácter benevolente. Cuando nos ama, nos abraza; cuando nos consuela, nos acaricia; cuando tenemos necesidades, nos provee; cuando estamos perdidos, nos indica el camino; cuando tropezamos, nos levanta.

Por supuesto, para recibir las bendiciones que vienen de la mano de Dios hay que tener una relación con Él. Esto es posible si has recibido a Jesús como Salvador y Señor de tu vida. A partir de ese momento Él te considera su hijo y su mano benefactora estará sobre ti.

Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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